15 ene. 2017

derrape

 

     El alma volátil disfruta de muchas primeras sonrisas, pero todas terminan hundidas en un viejo y conocido dolor. La cautela de volar sabiendo que vas a derrapar. La adrenalina de seguir volando, anhelando un destino sin cicatrices, o aprender cómo planear. Cada reencuentro con el dolor es más simple y fraterno que el anterior. Nos conocemos, nos abrazamos, pero cada vez nos despedimos con mayor rapidez. Quizás es porque sabemos, aunque nunca se haya dicho en voz alta, que volveremos a sentirnos.
   Cada derrape despierta una ira fugaz, un reproche a la falta de amor propio, un chasquido resignado. Y, después, la vida. Las caídas se repiten pero nunca deshonran al dolor. Se repiten por la costumbre de creer que todo está bien mientras solo exista un alma gasta. Por estirar los dedos, intentando alcanzar la utopía de caer con gracia. Por la constante necesidad, casi adictiva, de buscar vuelos que muestren nuevos ojos, nuevos soles.
   Aunque siempre sepas que vas a caer.

15 oct. 2016

to know or not to know

  Sabía. Sabía que no querías estar conmigo, que estabas aburrido, harto, frío. Quizás fue la rutina, la monotonía; quizás lo que otrora te fascinó de mí ahora yacía conocido y obsoleto. 

  Mi cabeza estaba rodeada de nubes, pero tus ojos en los míos las soplaban. Yo tenía los problemas de cualquier veinteañera y, posiblemente, algunos más. Había pasado mi vida pensando en que todo era plausible, y que tenía que intentar muchas cosas porque, total, no tenía nada que perder. Y eso me permitió (dejarme) vivir varias atrocidades. Un par de excesos, más inconsciencias, mucha más gente de mierda. Caminaba por inercia y con el alma vapuleada, porque los círculos viciosos de amores tóxicos había distorsionado la visión que tenía de mí misma. Y cuando apareciste, más que feliz, estaba tranquila. En mis momentos más poéticos, me gustaba creer que tanto daño pasado había existido solo para dimensionar todo el amor que tenía. Que merecía. Porque, al fin y al cabo, contigo tenía la felicidad que tanto creía merecer.

   Y empecé a saberlo, pero fingía que no lo sabía. Ni siquiera me gustaba pensarlo: imaginarlo significaba ser plenamente consciente de las dimensiones de tu hastío. Estabas distante, apagado, gris. Estabas lejos incluso en los amaneceres más íntimos. Irónicamente, sentí que podía ser parte de la solución, cuando era parte del problema. Creía poder ayudarte a recuperar el sol; era parte de todo aquello que atormentaba a tu cerebro.

  Entonces te fuiste. Tomaste coraje y escupiste tres palabras apuradas, que pedían un perdón tembloroso pero se mantenían firmes en su decisión de partir. Y mi primera reacción fue reírme. Reír, como el mayor pesimista al descubrir que sus malos augurios eran reales, tangibles, palpables. Reír como acto reflejo al descubrir que las sospechas eran verídicas, y que el haber querido ocultarlas no había servido de colchón para camuflar el dolor. Pero no reí. Lloré desconsoladamente. Lloré porque entendí que dejarme era tu forma de estar un poco mejor, pero nunca iba a ser la mía. Entendí que estabas mejor sin mí que conmigo, pero yo no lo estaba. Entendí que estaba total y completamente enamorada de un muerto en vida, de un eco efímero del tiempo cálido.

  En mis días hubo y habrá más llantos y risas, pero todos cubiertos por un velo de neutralidad. Por ahora, cualquier atisbo de felicidad va a estar empañado por tu partida y por el inconmensurable miedo de que toda bonanza termina derrapando en mi mente, de que toda emoción fallece en este cuerpo plagado de muertes vivas.


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Montevideo, Uruguay
escribir en primera persona no es escribir sobre mí.